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LA PRINCESA MUERTA Y LOS SIETE COLOSOS
El zar de viaje partió,
A su esposa la besó,
Y quedó ella angustiada.
Lo esperaba noche y día,
Pero el zar no aparecía, Miraba por la ventana
Desde la aurora temprana.
Sus ojitos se cansaron
De tanto mirar en vano.
Sólo veía el blanco manto,
Cubierto de nieve el campo.
Nueve meses han pasado
Sin retornar su adorado,
Y al caer la nochebuena,
Dios le regaló una nena.
A la mañana siguiente
Apareció de repente,
Volvió del viaje alargado
El padre zar anhelado
Cuando ella ve al esposo,
Plena de emoción y gozo,
Profundamente suspira,
Y al llegar la misa expira.
El zar sufre con dolor,
Pero siendo pecador,
Sólo un año había pasado
Y ya vuelve a estar casado.
Verdad es que la zarina
Era una joven divina,
Alta, esbelta, reluciente,
Además inteligente.
Pero también orgullosa,
Empedernida, celosa.
Ella obtuvo como dote
Un espejo no grandote,
Con un poder singular:
El arte de conversar.
Estando a solas con él
Era bondadosa y fiel,
Dichosa y juguetona
Inquiría coquetona:
“Dime espejito querido,
Sólo la verdad te pido:
“¿Puede que haya más hermosa,
Blanca tez, mejillas rosa”.
El espejo rutilante
Le contestaba al instante:
“Eres tú la más hermosa,
Blanca tez, mejillas rosa”.
La zarina se reía
Y sus hombros encogía,
Con los dedos castañeaba,
Al espejo le guiñaba,
Las manos en las caderas,
Remirándose altanera.
Mientras tanto, la princesa
Iba ganado belleza,
Crecía y así creció
Que bien pronto floreció.
Cejas negras, blanca tez,
Sugestiva dulcidez.
La vio el príncipe Eliseo,
Casarse fue su deseo.
Entonces pidió su mano,
Que confirió el soberano.
De dote siete ciudades,
Ciento cuarenta heredades.
A celebrar el evento,
La zarina en un momento
Orgullosa se ataviaba,
Y al espejo preguntaba:
“¿Puede que haya más hermosa,
Blanca tez, mejillas rosa?”
El espejo respondió:
“Eres bella, ¿quién dudó?,
La princesa es más hermosa,
Blanca tex, mejillas rosa”.
La reina saltó indignada,
Con su mano recia alzada,
Al espejo ella arrojó
Y después lo pisoteó
“Trozo de vidrio podrido,
Para irritarme has mentido.
¿Compararse ella quería?
¡Le quitaré tal manía!
¡Miren a esa preciosura!
No es de extrañar su blancura.
La madre estando preñada
Siempre la nieve miraba.
¿Pero cómo puede ella
Considerarse más bella?
No hay en el reino mujer
Que me pueda preceder.
Eso reconocerás,
Que otra igual no encontrarás
Tampoco en el mundo entero”.
Dijo el espejo certero:
“La princesa es más hermosa,
Blanca tez, mejillas rosa”.
Completamente abatida,
De celos enceguecida,
Al espejo lo tiró
Y a su sirvienta llamó,
Ordenándole obsesa
Que llevara a la princesa
Hasta la fronda tupida,
Aun pino la atara viva,
Para que luego vinieran
Los lobos y la engulleran.
Ante una mujer furiosa
Hasta el diablo es cualquier cosa.
Morena le obedeció.
Al bosque se la llevó.
Comprendiendo la princesa,
De miedo se quedó tiesa.
Y le imploró: “¡Mi adorada!
¡De malo yo no he hecho nada!
¿Por qué me matas, mujer?,
Cuando reina llegue a ser,
Tendrás todo lo que quieras”.
Pues la quería de veras,
No la mato la criada,
Dejándola desatada.
“¡Vaya con Dios!”, le deseó,
Pronto al hogar regresó.
“¿Qué? ”, preguntó la zarina,
“¿Dónde se halla esa divina?”
“En el bosque, bien atada
-Le respondió la criada-,
Amarrada por los codos.
En las fauces de los lobos
Muchos menos sufrirá
Porque en breve morirá”.
Por doquier se murmuraba
Que la princesa faltaba.
Desconsolado está el zar.
Eliseo, tras rezar,
Pidiéndole a Dios favor,
Parte en busca de su amor,
De la princesa querida,
Bellísima prometida.
La princesa, extraviada,
Día y noche caminaba.
Cuando empezaba a clarear,
Por fin descubrió un hogar.
Un perro salió ladrando
Y terminó jugueteando.
Pero a excepción del ladrido
No se oía ningún ruido.
Por la escalera subió,
Manso el perro la siguió.
Luego tiró de la anilla,
Abriendo la puertecilla,
Viéndose en ese momento
En un soleado aposento,
Con bancos entapizados,
Iconos por todos lados,
Mesa de roble añejo,
Estufa con azulejos.
Y comprendió de repente
Que ahí vivía buena gente.
Nadie la iba a ofender,
Aunque a nadie pudo ver.
Mientras recorre el hogar
Se desvela en ordenar,
La vela a Dios encendió,
Bien la estufa calentó,
Encima de ella se tiende,
Ahí el sueño la sorprende.
A eso del mediodía,
Cuando galopar se oía,
Entraron siete colosos,
Bigotudos vigorosos.
“¡Milagro! –gritó el mayor-,
Todo luce en derredor.
Alguien aquí se ha afanado,
Habiéndonos esperado.
¿Quién hay aquí? ¡Sal, te digo!
Y nos haremos amigos.
Si un hombre viejos serás,
De padre nos servirás.
Si eres un joven lozano,
Te llamaremos hermano.
Si una mujer ya de edad,
Serás madre de verdad.
Si una bella jovencita,
Serás querida hermanita”.
La princesa apareció,
Sonrojada saludó,
Hizo acto de presencia
Con profunda reverencia,
Rogó perdón por su entrada
Sin haber sido invitada.
Por la forma en que se expresa
Vieron que era una princesa.
A la mesa la sentaron,
Con pastel la convidaron,
También le sirvieron vino,
Que negó con gesto fino.
Pero en cuanto al pastelito,
Se permitió un bocadito.
Después de su largo andar,
Quiso un poco reposar.
La llevaron enseguida
A un cuarto que estaba arriba.
Cuando solita quedó,
En el acto se durmió.
Volando pasan los días.
La princesa se sentía,
Junto a los siete colosos,
Siempre colmada de gozos.
Con los primeros albores,
Salen los siete señores
Para divertirse un rato
Y de paso cazar patos,
Entrenarse, por lo menos,
Luchando con srracenos,
O córtale la cabeza,
Al tártaro con destreza,
O expulsar de la floresta
Al circasiano en su gesta.
Lo debemos constatar,
Ella es ama del hogar,
A ninguno recrimina,
Y ninguno la ofendía.
Así pasaban los días.
Primorosa y agraciada,
Su cariño les donaba.
Los siete se enamoraron,
A su habitación entraron,
El mayor dijo: “Hermosura,
Nuestro amor no tiene cura.
Eres hermana, sabemos.
Como novia te queremos.
Como esposa imprescindible
De los siete, es imposible.
Elige a uno, te pido,
Obtendrás un buen marido.
Mientras que los seis restantes
Serán tus hermanos de antes.
¿Te niegas, querido encanto,
Porque no valemos tanto?”
“¡Oh, mis valientes guerreros,
Como hermana yo los quiero!
¡Dios me castigue si miento
Y me mate en un momento!
-Dijo ella entristecida-.
¿Qué hacer si estoy prometida?
Los siete me son iguales,
Valerosos y cabales.
Los quiero con efusión,
Pero di mi corazón
Al príncipe Eliseo,
El hombre a quien más quiero”.
Y los hermanos callaron,
La cabeza se rascaron.
“Preguntar no es un pecado
-Dijo el mayor inclinado-.
Perdón, ahora sabemos
Y jamás te inquietaremos”.
“No los culpo para nada,
Mi negativa es forzada”,
Dijo ella susurrando.
Salieron reverenciando
Los hermanos con pesar.
Volvió la dicha a imperar.
La zarina en su fiereza,
Recordando a al princesa,
Perdonarla no podía,
Al espejo maldecía.
Cuando por fin se ablandó,
Y mientras se contemplaba,
Sonriente le preguntaba:
“Espejito de mi amor,
Quiero saber, por favor
Si no soy la más hermosa,
Blanca tez, mejillas rosa”.
Y la respuesta le llega:
“Eres bella, quien lo niega.
Pero vive en la floresta
Una joven muy modesta,
Con siete guerreros duros.
Ella es más bella, seguro”.
La reina de rabia llena
Cargó contra la Morena:
“¡Engañarme a mí, atrevida!”
Y la criada enseguida,
Cómo fue todo contó.
La zarina amenazó:
“¡Con vida no quedarás,
Si es que no la matarás!”
Entretanto, cuando hilaba,
A sus bravos aguardaba,
La princesa escuchó
Que el perro fiero ladró.
Por la ventana investiga,
Ve a una monja mendiga,
Que sirviéndose de un palo
Tiene a raya al perro malo.
“¡Espera un poco, abuelita
-Le grita la princesita-,
Al perro sujetaré,
De comer te traeré!”
Y la monja le contesta:
“¡Qué fiera maldita ésta,
Quiere morderme, se tira,
Protégeme de su ira.
Sal pronto! ” Y la princesa,
Llevando pan de la mesa,
Cuando sale, en ese instante,
Se le echa el perro delante,
Impidiendo que ella avance
Hacia la vieja en percance.
Si la vieja se aproxima,
El can se le tira encima.
“¿Qué le pasa al animal?,
Seguro ha dormido mal”,
Pronunció desde el Zaguán,
La joven sirviendo el pan.
La viejita lo cazó,
Agradecida quedó:
“¡Dios te bendiga, pureza!
Devuelvo la gentileza”.
Y le arroja una manzana.
Linda, jugosa, temprana.
Gruñendo el perro saltó.
La joven la aventajó
Cazándola con las manos.
“¡Sírvete, regalo sano!
¡Que la disfrutes, querida,
Mil gracias por la comida”
Eso dijo la viejita,
Saludó y se fue solita.
Mira el perro a la princesa
Con infinita tristeza.
Tanto aúlla por sufrir,
Como queriendo decir:
“¡Tire ahora esa inmundicia!”
Mientras ella lo acaricia.
“¿Qué te pasa, quién los sabe?”,
Y lo encierra bajo llave.
Más tarde se esmera hilando,
A los dueños esperando,
Con la mirada clavada
En la manzana dorada,
Suculenta, deliciosa,
De una fragancia pasmosa.
Sus pepitas traslucía,
Que la comieran pedía.
“Para el almuerzo” ,pensó.
Pero el ansia la venció.
Acercó el fruto dorado
A sus labios encarnados,
Mordiéndolo suavemente,
Saboreando intensamente.
Al instante esa alma mía
Su respiración perdía,
Los brazos blancos caídos,
Tambaleaba sin sentido.
Desfalleciente su estado,
Soltó el fruto codiciado,
Los ojos puestos en blanco,
Cayó de cabeza al banco,
Bajo la imagen sagrada,
La princesa inanimada.
Los adalides volvían
De su habitual correría,
Y los recibe ladrando
El perro, como un espanto.
Lo siguen adonde lleva.
“Algo malo nos espera”,
Vaticinan los colosos
Y ven un cuadro horroroso.
El perro con rabia bruta
Se tira sobre la fruta.
Alocado la tragó,
En un santiamén murió.
Así fue como aclararon
Que la fruta envenenaron.
Sumidos en la tristeza,
Junto a la muerta princesa,
Los siete hermanos rezaron,
Sus cabezas inclinaron,
La vistieron con apego,
Para sepultarla luego.
Otra fue la alternativa
Cuando la creyeron viva,
En sereno dormitar,
Sólo que sin respirar.
Así esperaron tres días,
Pero el letargo seguía.
Cumpliendo amargo ritual,
En ataúd de cristal
A la princesa pusieron
Y juntos la condujeron
Hasta una gruta vecina.
Medianoche caía encima.
A seis pilares que alzaron,
El ataúd aferraron
Con cadenas aceradas,
Toda la tumba cercada.
Ante la muerta divina,
Venerándola se inclinan.
“¡Duerme en paz, querido amor!”,
Dijo el hermano mayor.
“Por impúdica maldad,
Tu inusitada beldad
Se ha apagado en nuestro suelo,
Tu alma llegará al cielo.
Con tanto ardor te adoramos,
Para tu amado guardamos,
Mas sólo la sepultura
Dispondrá de tu hermosura”.
Fue ese mismo día cuando,
Buena noticia esperando,
Al espejo se aferró
La reina y le preguntó:
“¿No soy yo la más hermosa,
Blanca tez, mejillas rosa?”
Y le tuvo que decir:
“¿Quién lo puede discutir?
Eres tú la más hermosa,
Blanca tez, mejillas rosa”.
El príncipe acongojado
La busca por todos lados.
No encuentra a la prometida
Galopando con su herida.
Su pregunta siempre es esa:
“¿No vieron a la princesa?”
Unos de risa se mueren,
Otros callarse prefieren.
Completamente agotado,
Se dirige al sol rosado:
“Astro sol, nuestro lucero,
Recorres el año entero
El enorme firmamento,
Con tu admirable portento,
Aliando invierno y verano.
Mi pregunta no es en vano:
¿No has visto desde tu altura
A quien amo con locura?
Soy su novio.” ” Bien amado
-Le contestó el sol rosado-,
No la he visto a tu querida,
Habrá perdido la vida.
De noche ronda la luna,
Quizás tenga nueva alguna”.
El príncipe acongojado,
La noche habiendo esperado,
Cuando aparece la luna,
Suplicante le importuna:
“Lunita de cuernos de oro,
Incomparable tesoro,
Apenas la choche cunde,
Iluminas con tu lumbre,
Tan sugestiva, tan bella,
Fascinado a las estrellas.
Tu afirmar será rotundo,
Pues recorres todo el mundo.
Quisiera saber alteza,
Si no has visto a mi princesa.
Soy su novio”. “Alma en pena
-Respondió la luna buena-,
No la he visto a tu beldad,
En mi turno, eso es verdad.
Puede ser que haya pasado
Cuando de guardia no he estado”
“¡Qué desgracia!”, respondió
El príncipe y se calló.
La luna en ese momento
Prosiguió: “Quizás el viento
La haya visto pasar
Y apacigüe tu pesar.
Búscalo donde estará,
Sin duda te ayudara”.
Eliseo el viento alcanza,
Recupera la esperanza.
“¡Viento potente! –le grita-,
Tú que las nubes agitas
Y los mares azulados
Cuando pasas a su lado.
A nadie tienes temor,
Exceptuando al Creador.
¿No has visto a la princesa?
Soy novio de esa belleza”.
Responde el fogoso viento:
“Detrás de un riacho lento,
En la montaña escarpada,
Y en su tristeza brumal,
Un ataúd de cristal,
Con cadenas enganchado
A pilares levantados,
Aciago se balancea,
Sin rastros que allí se vean.
En ese sitio luctuoso
Yace tu amor ardoroso”.
El viento siguió su rumbo
Deambulando por el mundo.
Eliseo acongojado
Buscaba el lugar sagrado,
Por vez última en la vida,
Mirar a su prometida.
En la montaña escarpada
Halla esa gruta empotrada,
Hacia allí se precipita,
Su buen corazón se agita.
En la tristeza brumal,
Un ataúd de cristal
Aciago se balanceaba
Sumida en sueño constante.
Eliseo en ese instante
Sobre el féretro cayó
Y sin querer lo rompió, Recuperando la vida
Su princesa tan querida.
Miró en redor la princesa,
Absorta por la sorpresa.
Manifestó suspirando,
El féretro balanceando:
“¡Cuándo he dormido. Salud!”,
Y sale del ataúd.
Lloran de alegría tanta.
El príncipe la levanta,
La saca de la penumbra
Hacia donde el sol alumbra,
Retorna al reino ansiado,
Felices, enamorados.
El pueblo emoción expresa:
“¡Viva está nuestra princesa!”
Y la madrastra malvada,
Cansada de no hacer nada,
El espejo sostenía,
La misma pregunta hacía:
“¿No soy yo la más hermosa,
Blanca tez, mejillas rosa?”
Esta respuesta le llega:
“Eres bella, ¿quién lo niega?
La princesa es más hermosa,
Blanca tez, mejillas rosa”.
La madrastra se enojó
El espejo destrozó,
Sale fuera de la pieza
Y choca con la princesa.
Sufre tal abatimiento
Que fallece en un memento.
Enseguida la enterraron,
El enlace celebraron,
Con la bella prometida
Unió Eliseo su vida.
En nuestra historia mundial
Nadie ha visto fiesta igual,
Vino, cerveza probé,
Los bigotes me mojé.
1833
CUENTOS DE PUSHKIN. PINTUARA PALEJ
Traducido del ruso por Eduardo Popok
Pag.102-117
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martes, 4 de marzo de 2014
LA PRINCESA MUERTA Y LOS SIETE COLOSOS
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