viernes, 14 de febrero de 2014

ESENCIA CÓSMICA Y ALQUÍMICA DE FEBRERO

La costumbre de celebrar el día de San Valentín tiene su origen en Roma, cuando las
doncellas escribían su nombre en trozos de papel, los ponían en una caja, los mezclaban y los
ofrecían a los chicos para que eligieran uno con el nombre de la que sería su compañera. Las
jóvenes parejas pasaban el día juntas y sólo la Diosa sabía qué consecuencias podía tener:
romances, matrimonios o simplemente un día para recordar. Se procuraba que hubiera el mismo
número de participantes de ambos sexos para que nadie tuviera que regresar solo a casa.


Historia purificadora a través del Fuego del Amor.

Psique era la más pequeña y la más bella de las tres hijas de un rey. Todos los pretendientes del reino se aproximaban a la joven para admirarla e incluso le rendían culto, olvidando la devoción que debían a Venus. Por ello, la diosa del amor concibió unos celos vengativos y, llamando en su ayuda a su hijo Eros, le pidió que inspirara a Psique un amor por el más feo y despreciable de todos los hombres. Cupido preparó su arco y voló hacia la joven. Sin embargo, al ver a Psique quedó tan prendado de su belleza que no cumplió las órdenes de su madre. Mientras tanto, las dos hermanas mayores de Psique se habían casado con dos hombres ricos, y la joven seguía sin decidirse por ninguno de sus pretendientes. Un día, su padre, preocupado, consultó al oráculo de Apolo, quien le ordenó que vistiera a su hija de negro y que la acompañase a lo alto de una colina, donde una repulsiva serpiente se uniría a la joven. A pesar de su desesperación, el rey ejecutó las órdenes de los dioses y abandonó a Psique. Entonces se alzó un viento suave y el soplo de Céfiro transportó a la joven por los aires y la depositó sana y salva so-bre una inmensa pradera perfumada, donde se durmió. A la mañana siguiente, al despertar, Psique vio que se hallaba en el jardín encantado de un palacio de oro, plata y pedrerías. La joven, preocupada y curiosa, se acercó a la morada desconocida y oyó el sonido de una voz que la invitaba a penetrar en la rica morada; Psique empujó la puerta y encontró en unas lujosas salas un baño ya preparado, comida y un lecho suntuoso, donde se tendió al llegar la noche. Poco después, se dio cuenta de una presencia a su lado y creyó que se trataba del marido de quien había hablado el oráculo. Aquel marido enamorado y cariñoso pidió a Psique que no intentara mirarlo. Además, al cabo de poco tiempo, la joven obtuvo permiso para volver durante unos días a su hogar y visitar a sus padres. Ocurrió que sus hermanas, al verla tan feliz, intentaron introducir la duda en su corazón y le dijeron que seguramente se unía a un monstruo en las tinieblas de la noche.

Psique, trastornada por esta posibilidad, en la misma noche que siguió a su retorno a palacio, se acercó a su marido dormido y lo iluminó con una lámpara. En vez de hallar a un monstruo, pudo distinguir a Eros, el más bello y amable de los dioses; la joven, deslumbrada, acercó todavía más la lámpara y una gota de aceite hirviendo cayó sobre el hombro de su divino esposo. Éste se despertó sobresaltado, reprochó a Psique su desconfianza y desapareció. Enloquecida de dolor, la desgraciada joven erró en su búsqueda y, por último, se dirigió a Venus. La diosa, encantada de poder vengarse, retuvo a la joven como esclava a su servicio y le impuso una serie de trabajos rudos y humillantes.

Sin embargo, tanto valor y perseverancia le confería su amor que ninguna tarea parecía imposible a la joven. Con la ayuda de unas hormigas, Psique seleccionó los cereales de distintas especies que Venus había mezclado. Consiguió lana de oro de las ovejas salvajes; gracias a la ayuda de un águila, pudo sacar agua de la fuente del Éstige, famosa por ser inaccesible, amansar a Cerbero y llegar al trono de Proserpina, en el lugar más profundo de los Infiernos, para llevar a Venus un poco de la belleza de la reina de las Sombras.

Sin embargo, la curiosidad la perdió por segunda vez. Psique abrió una cajita que Proserpina le había entregado y cayó en un sueño profundo.

Mientras tanto, Eros, encerrado en el palacio de su madre, se moría de amor por la bella Psique, hasta el día en que consiguió escapar por una de las ventanas de la morada, y, cuando encontró a su esposa dormida, la despertó con un ligero pinchazo de sus flechas. Venus no per-maneció insensible ante tanto amor. Mercurio se llevó a Psique de la Tierra y la depositó en el palacio de los dioses, donde bebió la ambrosía y el néctar que le confirieron la inmortalidad. Así, pudo permanecer unida para siempre al Amor.  Psique es el símbolo del alma humana purificada por las pasiones y las desgracias, y prepa-rada para disfrutar, dentro del Amor, de la felicidad eterna.